A inicios del siglo XXI Juan Manuel Chávez conducía La divina comedia por las ondas de 1160 radio noticias. Yo fui uno de los beneficiados con la costumbre de ese programa de obsequiar semanalmente libros de los personajes entrevistados.

Tiempo después coincidimos en tertulias y recitales, descubriendo que además de la oratoria cultivaba las letras, como lo muestra su premio Copé de Plata 2002 y publicaciones como la novela Ahí va el señor G* (Lima: Editorial Norma, 2009), de la cual comparto el siguiente fragmento:

Redescubriendo el océano

El señor G no recuerda la ocasión en que vio el mar por primera vez. Es el precio por nacer y vivir en la costa. La existencia del océano se torna algo natural y, en cierta forma, cotidiana como es la sensación de calor o la aridez de la ciudad. Sus reminiscencias del mar lo remiten a mañanas playeras de verano, bajo una sombrilla multicolor y rodeado por gordos sin camiseta y viejas en bikini. Su madre era quien llevaba sándwiches y bidones de chicha morada con hielo; mientras que el encargado de decidir el lugar para los domingos era su padre, quien transportaba a la familia de sobrinos a Las Conchitas, en el margen derecho de Ancón. También iban a la Punta. En todo caso, en ninguna de esas playas había arena, sino caparazones de moluscos o piedras. Se divertía, a pesar de no poder construir castillos ni túneles en la orilla. A los seis años, arrojar una pelota en el agua salada equivale a la conquista del mundo. Después conoció otras playas, donde le molestaba caminar descalzo por el calor de la arena o la incomodidad de tenerla metida en todos los orificios del cuerpo luego de revolcarse como perrito en jardín. La playa era un lugar para pasar el rato; divertido, pero nada más. No tenía la función maravillosa de su habitación repleta de juguetes que hablaban con él o de escuchar las historias que le contaban antes de dormir. Y así como nunca olvidaría su primer beso, tampoco olvidó el día en que redescubrió el océano.

Era un adolescente con algunos primos y conocidos del barrio de Jesús María, y con ellos se aventuró al sur de Ancón, muy lejos de Las Conchitas, al otro lado de Playa Hermosa. Un pescador les había comentado que a una hora de camino, entre peñascos y pequeñas dunas, había una costa desierta. Está lejos, y muy pocos se bañan ahí, les comentó. El entonces adolescente señor G cayó en la cuenta de que el grupo de camaradas no tenía dudas: debían conquistar ese paraje solitario.

Iniciaron el recorrido al mediodía, con los rayos del sol en vertical sobre sus nucas. Todavía la prensa no anunciaba el calentamiento global ni se alarmaba por el cáncer de piel o la destrucción de la capa ozono. En todo caso, para chicos de entre doce y quince años, tanta ruina ambiental no significaba nada.

Fue un ascenso difícil y pronto, una extensa ruta en declive como si fuera un pequeño desierto camino al litoral. El señor G habría de evocarlo muchas veces en sus momentos tristes como su desierto personal.

El viaje les tomó casi dos horas; pero valió la pena. Incluso con su tramo final, vadeando a pie descalzo los rompientes para retomar el ascenso. El entonces adolescente señor G, agotado, contempló desde la cima de un monte de arena la herradura que formaba la playa y la espuma blanca coqueteando con la costa. A lo lejos, del verde al azul, el océano por fin tenía la majestuosidad que nunca había ostentado. Eran cinco o seis chicos, estancados en la cumbre de la colina, jadeando por el cansancio y enmudecidos por el espectáculo, que solo tenían ojos para el herraje de arena y el horizonte.

A unos metros yacía un pelícano muerto, seco por el sol, con una lámina de metal asomando de su interior. Una lata, un garfio, una navaja, una hoja de afeitar… Cada uno de los chicos arriesgó un veredicto antes de irse.

Es confuso el sabor de la maravilla con un muerto al lado. El adolescente señor G se sentía dichoso por contemplar el oleaje sin personas dentro y la costa sin los colorinches plásticos de las sombrillas. La brisa marina y la fragancia de la sal eran la síntesis de la plenitud en ese momento. Sin embargo, se imponía la presencia del cadáver del animal; de algún modo también, las impúdicas consecuencias de la existencia del hombre. Mientras regresaba, el adolescente señor G se preguntó, ingenuamente, qué habría de sentir el día en que encontrase en idéntica condición a un ser tan libre como un ave; pero en otras circunstancias: no de paz ni prodigio como ante al océano, sino de agobio y pesar.

Las muertes, desde el origen de los tiempos, cobran el valor de su contexto.

Biodata del autor:
Juan Manuel Chávez (Lima, 1976)

Licenciado en Literatura, diplomado en Docencia en Educación Superior, vive en España, donde cursa estudios de posgrado en la Universidad de Valencia.

Otros de sus libros son Lima. Un camaleonte tra due specchi (Roma, 2006), Sonríen los desaparados (Santiago de Chile, 2006), La Guerra del Pacífico y la idea de nación (Lima, 2010).

Mantuvo durante cuatro años el programa radial de arte y cultura La Divina Comedia.

Ha ofrecido conferencias y talleres en instituciones como la Universidad Autónoma de Madrid, la Universidad de La Soborna de París, la Universidad de Urbino, entre otras.

En unos meses saldrá su nuevo libro de ensayos: Limanerías, bajo el sello de Editoral Casatomada.

*Texto publicado con el permiso del autor.

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Acerca de El gato descalzo

Cosas que (me) pasan, blog de El gato descalzo, apareció como vitrina cultural en 2005. Al cumplir 7 años, nació EDITA EL GATO DESCALZO, editorial independiente peruana que publica libros en físico y en digital. Pueden escribirnos a cosasquemepasan@gmail.com, visitar nuestra página en Facebook, www.facebook.com/editaelgatodescalzo y/o dejarnos un comentario.

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  1. milton dice:

    Genial esta novela, con solo el fragmento me parecio una obra bien psicológica.

  2. Centadi dice:

    Impactante la profundidad del texto que aquí he leido…Espero leer la novela, pues tiene el actrativo de que al leerla te distraigas y al mismo tiempo te interrogues a ti mismo….

  3. […] amigo Juan Manuel Chávez ha regresado a Lima para presentar su libro Limanerías (2012). Él escritor participará en una […]

  4. […] recaudar firmas y ofrecer un recital. Además comparto con ustedes el siguiente texto, del escritor Juan Manuel Chávez respecto al posible desalojo. Esperamos que pronto el gobierno se manifieste afirmando que la Casa […]

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