Este año se presentó la novela Flores para Alejandro de Max Castillo Rodríguez (Lima, 1954).

Sinopsis: Con Flores para Alejandro novela ambientada en nuestra muy reciente contemporaneidad se cierra, a decir de su autor una trilogía argumental que comienza con Ángeles Quebrados y continua con Una historia Africana.

Alejandro de macedonia comparte con Alejandro Jesualdo una connotación épica. Un arquetipo de héroe/ maestro a la manera de Lucanor que instruye a Patronio en las artes de la vida, que se aprecia en la relación que comparte con dos de los protagonistas con los que establece una relación maestro/ discípulo/amante

Un inconforme como los poetas decadentistas perdidos en la marea de la historia

Existe una clara intención por mostrar a Jesualdo como un personaje anti-canon literario.

El que se fue y el que regresa Jean Genet.

Carlos Espinal Bedregal presentó la siguiente introducción:

Hermann Broch sostiene en La muerte de Virgilio. Ese monumento literario vertiginoso y excesivo por las condiciones en que fue escrito. Dieciocho horas antes de cumplirse la sentencia de muerte, a la que fue condenado por los nazis austriacos y de la que finalmente logra escapar.

Dice allí que: “La poesía es el único quehacer humano dedicado al conocimiento de la muerte”. Palabras lacerantes que aluden al acto de escribir y que hablan de un confrontarse con la muerte.

El psicoanalista argentino Nestor Braunstein también afirma algo parecido cuando sugiere que: “Todo libro es un ataúd para las palabras. Que el discurso que allí se encierra esta sellado, muerto; nada puede entrar o salir de él”. Curiosa y enigmática reflexión que la emparenta con la vertida por Broch, lo que nos lleva a pensar en esa suerte de semejanza pertinaz entre escribir y nacer, o mejor dicho re-nacer. Nacer nuevamente otra vez, luego de la tragedia. Esta es la revelación absoluta y verdadera del ejercicio literario a la que muchos creadores se sienten sometidos, como es el caso de Alejandro Jesualdo el protagonista de la novela que hoy presentamos.

En ella la dualidad escritura/muerte se pone de manifiesto a través de la metáfora de las flores, que nos remite a la efímera impermanencia de los arreglos florales que acompañan las pompas fúnebres. Pero también por el personaje/escritor que avizora, a través de la malignidad de un padecimiento físico el final de su vida.

Esta es la historia de su lucha entre el hedonismo y la razón, entre la vitalidad de la juventud y el deterioro de la vejez, entre la plenitud de la vida como experiencia moderna y la asfixia de la tumba.

En las páginas de Flores para Alejandro la vida renueva su ciclo, como hemos dicho, la belleza se marchita, se diluye y se pierde en el tiempo, dejando su espacio a una constante nostalgia. Pero la nostalgia de Alejandro Jusualdo es cabeza arriba, revolucionaria totalmente distinta de la pálida y decadente evocación burguesa.

Todo un mundo del pasado esta persistentemente presente en su obra agónica, vivo en las referencias a: Alejandro de Macedonia, al Japón épico de las luchas por la unificación y la derrota en la II guerra mundial, en las pequeñas historias de linajes familiares, de ascensos y decadencias.

En los amores fallidos, difíciles o imposibles, en los esplendores y sombras que se funden y desaparecen dentro del marco de las conmociones históricas, que sirven de escenario a las performances de los personajes de la novela. Mundo este que al desaparecer, al ser superado y vencido ha dejado marcas en lo contemporáneo, las que se convierten para Jesualdo en las fascinantes pruebas de que el cambio revolucionario es posible y necesario, al mutar esa nostalgia burguesa en una plena acción de cambio; presente en toda obra literaria moderna, que afirma una realidad formal libre de la lengua y del estilo.

La escritura se considera entonces, así lo comprendió Baudelaire, como la relación que media, que une al escritor con su sociedad, el lenguaje literario es subvertido, modificado ahora por su destino social.

Esta novela es inapresable y sutil en ella están presentes y libres los años atribulados, pero intensamente vividos, del aprendizaje y de la juventud; de los duelos íntimos e irreparables y la parsimoniosa e insobornable intangibilidad de la memoria, de lo aprendido que es registro del pasado, pero que también trasciende a las circunstancias del presente.

El autor logra con un estilo perturbador pero sobrio, sin estridencias, construir una fábula contemporánea y poco moralizante sobre la vida, la desilusión, el amor, el deseo, la sexualidad y la muerte.

El modo como Castillo Rodríguez logra remitirnos reiteradamente a los episodios de la historia griega y japonesa, es con soltura y precisión en las referencias, yendo de un siglo a otro, de una cultura a la siguiente o posterior, con coherencia y erudición; con cierta distancia racional que permite sopesar la irrupción de las pasiones. Ejemplo de esto son los textos de las Cartas a Hefestión donde se muestra con serena naturalidad que el amor también puede ser cosa de hombres, o en el Kojiki los diarios paternos que Shintaro Hiraoke confía a Alejandro Jesualdo. Allí nos familiarizamos con los lugares, batallas e intrigas cortesanas de la época de los Shogunes.

Ambos textos tienen la intensa frescura de lo verídico, que va mas allá de los datos que pueden rastrearse en los libros de historia. Han sido sabiamente enriquecidos, como cuando una mano maestra toma un apunte del natural que le permitirá, a ese trazo inmóvil, la virtud de seguir viviendo, de eternizarse aun cuando su autor ya haya desaparecido. Esta cualidad no solo acrecienta literariamente el drama de Jesualdo y el de los otros personajes cercanos a el. Sino que potencia en la lectura, esa sensación tan inaprensible, de sinsentido, de perdida, de derrota frente a un destino que se cumple puntual e inexorablemente desde siempre y para todos por igual.

En Flores para Alejandro la escritura se define como un acto confesional, un momento fugaz y heróico similar a aquel en el que los guerreros samuráis de un Japón remoto, o mejor dicho en detención mesiánica de su acontecer para utilizar un feliz termino acuñado por Benjamin, ofrendaban sus vidas entre la brumas de una desbocada modernidad. Para finalmente terminar arrinconados y enmudecidos por el bullicio vulgar de las urbes postindustriales. Contra ese espectáculo que espanta y ciega se yergue la tesis, sostenida por jesualdo y por su destino. La del esfuerzo final de un escritor, la resistencia de un intelectual probo que no admite ni negocia un precio y que en su última obra, armada con los últimos retazos de vitalidad, busca enfrentar la embestida atroz de un totalitarismo rampante expresado por la cultura televisual de los goces.

¿Contra que se enfrenta este rebelde? Es claro que para Jesualdo existe un petit canon en la literatura local que margina a lo auténtico, a aquello que no sintoniza con el gusto ni con la lisonja fácil.

Ese pequeño canon esta construido de falsos libros, por coberturas sin sentido ni contenido producidas por lobbys literarios, de libros convertidos por la moda en simples objetos de papel reciclable, libros que firman los NN literarios, productos que se cotizan por la oferta y la demanda, publicitados por encuestas previamente concertadas que amenazan la existencia de lectores activos y militantes en beneficio de lo que Cortazar llamo el lector hembra.

Este Canon margina inhabilitando, negando o falsificando el aporte de lo subalterno, de lo diferente. Sin tomar en cuenta que su propia sobrevivencia depende de incorporar lo aprehendido del otro.

Este proceso produce un fenómeno cultural: La contracultura que a su vez hace nacer un nuevo tipo de sujeto. El inconforme. Quien puede dudar que en las antípodas de toda obra literaria por pequeña o vasta que esta sea, o en la tímida inseguridad con la que un aprendiz de escritor asume la peligrosa suerte de llenar una pagina en blanco, no haya estado, o no este esa intolerable sensación de insatisfacción como el verdadero motivo que desencadena la escritura.

Jesualdo es un marginal, rebelde, contestatario impenitente; Sensual y decadente un personaje que remece el mundo de los puritanismos morales y de los convencionalismos literarios a la manera de un Grombrowicz. Pero ante todo es un artista, un esteta que no teme los territorios peligrosos y fascinantes de lo clandestino, de la vida marginal y maldita sobre la que escribe con honestidad y elegancia al límite de la ceremonia de su propio auto de fe de su suicidio textual representado por los libros que incinera frente a su vivienda.

Flores para Alejandro es el relato de un hombre, de un escritor a secas que enfrenta la certeza de su fin.

La rabia y su deseo a quemarropa de algo más, de un paraíso ficticio de repulsa y de resurrección están presentes en su relato. En la vehemente lucha contra el abyecto abrazo de la vulgaridad y en el esfuerzo final con que acomete su última obra antes del fin.

Max Castillo Rodríguez nos vuelve a sorprender con una novela plena, vigorosa, desafiante en la que arriesga todas las suertes del oficio y donde logra consolidar un tono distinto que lo hacen merecedor de toda nuestra atención.

Muchas gracias.

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Acerca de Germán

Germán (a) El Gato Descalzo, Lima - Perú. Psicólogo, amante de la literatura, el cine y otras artes. Escribiendo desde marzo del 2005. Cosas que (me) pasan es una mezcla entre diario personal, agenda cultural y algunas cosas más, que ya irán descubriendo. Escríbeme a cosasquemepasan@gmail.com y/o déjame un comentario.

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